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viernes, 14 de febrero de 2014

Celebrando a mis caninos


La fecha 14 de febrero, más que sentir la celebración del Día del Cariño, desde que Consentida llegó a mi vida, significa para mí el cumpleaños de ella.  No nació ese día, ni siquiera me la dieron a mi en esa fecha; mi adorada Consuelo, Cony, Pupeta como también yo la llamaba o Consentida, como fue bautizada en la tarjeta con la que la entregaron a la familia que luego nos la dio, fue un regalo no solicitado; un regalo de San Valentín.
 
Yo era una niña, vivía justo al lado y jugaba con mi vecinita. Vi cuando el señor tocó el timbre, con mucho cariño entregó a esa adorable cachorra con moña y tarjeta a mi vecina, su ahijada, y se disculpó por haber llegado un día después del Día del Cariño.  Yo amé a esa perra desde ese día y aunque no podía estar junto a ella todo el tiempo como lo deseaba, me conformaba con verla unos minutos diariamente. 
Consentida era traviesa por su edad y raza, por eso para la Navidad de ese mismo año, ella ya vivía en mi casa, no la aguantó su primera familia, pero fue lo mejor que a ambas nos pudo pasar.

Como si fuera un bello recordatorio, Skippy nació el 16 de febrero, así que esos días quedaron marcados en el calendario de mi vida como celebraciones caninas hasta la fecha, aunque ellas ya no estén en este mundo.   Festejarlas se convirtió en algo normal e importante, porque conociendo el orden natural sabía que aunque las cuidara mucho no estarían a mi lado siempre. 
Mi bella Cony murió a los 13 años y luego de los problemas de salud de nuestra adorada Skippy, ni el veterinario, ni mi esposo y yo nos imaginamos que celebraríamos su cumpleaños número 14.   Problemas del corazón, operada por un horrible tumor apenas meses antes, con el inconveniente de la edad, pero ahí estaba ella sentada sobre la silla frente a la mesa esperando que se le diera algo delicioso de comer.  La acompañaban Musa y Greka, aunque mi chiquita sólo lo hizo por complacernos, porque nada de comida le llamaba la atención. Los Cuachuchitos rondaban la mesa, intentando subirse o en nuestros descuidos, mordiendo las sillas ante la frustración y porque eso hacen los cachorros.  Abrazamos a doña Skippy, la felicitamos y la mimamos como nunca.
Toda nuestra familia canina reunida, no podíamos desear más.
 
Musa, Skippy y Greka. Celebración de cumpleaños de Skippy


Creen bellos recuerdos, ese es el sentido de cualquier celebración y espero que hayan tenido un lindo Día del Cariño y la Amistad
Hagan feliz a su perro y colaboren en la vida de un perro sin hogar.


Hasta la próxima,
Nova A.S.G.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Santa Claus canino



¡Huy! Esta historia la recordé por tanto forzarme a darles una anécdota que fuera con la época.  

Era la primera Navidad que vivía Consentida.  Mi pobre perra seguro la había pasado mal la Noche Buena porque los humanos nos habíamos ido a casa de mis tíos, y Cony le tenía terror a las coheterías según lo que notamos durante esos días. Yo era una niña y mi opinión de quedarme en casa con ella no fue aceptada.  
Regresar a mi casa junto a Consentida esa madrugada fue lo mejor de la celebración, al verla recordé lo que le tenía preparado para el día siguiente, un bello envoltorio con gran moña que cubría los dulces que  desde días antes yo le había comprado. Ni mi mamá, ni mi abuelita notaron cuando coloqué el regalo; y sin objeciones de nadie — seguramente por ser Noche Buena — mi bella Consuelo durmió a mi lado, ambas satisfechas de que nos teníamos una a la otra.

Como todo niño, desperté temprano el 25 y con Cony corrimos hacia el árbol. Yo sabía que mi “Santa” me había entregado mis regalos la noche anterior, pero me emocionaba ver la reacción canina.
Busque, le dije enseñándole el árbol, ella siempre dispuesta olfateó hasta encontrar el paquete, me lo enseñó pero no se animó a agarrarlo.  Lo tomé y se lo ofrecí zarandeándolo para que decidiera quitarlo de mi mano.  Cuando vio que en el juego  era permitido romperlo, inquieta y ansiosa rompió el papel con las garras. Los dulces no eran muchos pero si lo suficiente para que se regaran en el suelo, entonces comencé a desenvolverlos y empezamos a comerlos entre las dos.  A mi edad no sabía que el azúcar y ese tipo de golosinas eran dañinos para los perros, y lo supe cuando nos encontraron en mi travesura.   Recuerdo la cara de mi abuelita regañándome, pero yo estaba feliz porque Santa Claus canino le había dado un obsequio a Consentida.  
Ese fue el primer regalo de Navidad que le di a uno de mis peludos y desde entonces lo hago, sólo que los siguientes ya fueron golosinas especiales para perros, para no enfermarlos.

 Desde nuestro hogar,  Circe, Gecko, Keyla, Nova, RK y yo les deseamos a todos:
 ¡Feliz Navidad!
Celebren en armonía y responsabilidad junto a sus familias, incluidas sus mascotas y cuidado con las travesuras, como la mía. Compartan y colaboren, en especial con quienes lo necesitan y no olviden agregar en esta lista a un perro sin hogar.  
Hasta la próxima, Nova A.S.G.


sábado, 22 de junio de 2013

Corazón de León

Lean, aprendan y comparen para cuando se les presente un momento, un síntoma como el que les contaré.

Esa mañana me quedé en casa, no tuve que ir a trabajar y todo estaba normal.  Musa, Greka y Skippy tomaron el sol como siempre.   Me recosté en el sillón un rato y Skippy fue a sentarse a mi lado.  Me vio con sus ojos llenos de experiencia y le pregunté qué quería.  Buscó comodidad sin darme más detalle y se echó.  Lo recuerdo bien, porque luego, muchas veces, pensé y repensé en ese día por si algo se me había pasado por alto.

Aún temprano por la tarde Rk me dijo: Puka está enferma.   ¿Qué? , le pregunté sin observar.  Sus ojos se le están trabando, se le están volteando ¡mira!
Nunca vi algo semejante, un ojo se iba para atrás y el otro de lado a lado con extrema velocidad.  De inmediato fuimos al veterinario. 

El doctor diagnosticó que la perra había sufrido un derrame cerebral.   Para cuando llegamos, Puky (Skippy) presentaba parálisis y síntomas como si estuviera en estado de shock.  Los daños eran severos y debía quedarse internada.  El doctor fue claro: “Entre el daño y la edad no tiene muchas posibilidades a su favor, haremos lo posible pero deben prepararse para lo peor.  Las próximas 24 horas son decisivas.”

Nos fuimos desesperanzados, aunque estábamos deseosos por su recuperación era difícil mantener una actitud positiva ante la realidad, ella tenía más de doce años y su madre padeció del corazón.  

Un día después Skippy estaba estable, pero las posibilidades que tenía de sobrevivir eran del 50%.  Luego de irnos el día anterior había sufrido un segundo ataque, aunque no se repitieron en las horas posteriores.  La recomendación era que no llegáramos a verla, era demasiada ansiedad en su estado.   ¿Se imaginan no poder ver al ser que aman pensando en que no tendrán la oportunidad de verlo vivo de nuevo?

Pasamos tres días sin poder ver a nuestra bella Skippy, al cuarto nos permitieron visitarla por un momento.  Ella estaba echada, casi no se movió.  La acaricié pero la sentí lejana, tal vez porque nunca la había visto tan enferma.   Tenía la almohada que le llevamos y su juguete para que sintiera los olores familiares, pero ella estaba ida.   Nos despedimos, entonces fue cuando ella me vio de forma enojada, quise acariciar su cabeza pero no se dejó y me gruñó.  ¡Jamás ella me había gruñido y me dolió más que si me hubiera mordido!   Salí llorando, pensé que el derrame había afectado su memoria, aunque con Rk se portó indiferente.

No sé si la dieron de alta al quinto o sexto día, sólo sé que  partir de ese día tomó por el resto de su vida medicamento para la presión. Al entregárnosla el doctor nos dijo: ¡Qué chucha tan fuerte!   
Y en cuanto la sacaron del kennel y la cargué para llevarla al auto, la actitud de Spuka cambió, de nuevo era mi hija.  Sólo estuvo molesta porque la habíamos dejado antes.

La salida del hospital fue posible porque el riesgo de otros ataques era menor, su presión estaba controlada y visualmente estaba normal, sin embargo las consecuencias de los primeros estaban presentes: apenas podía levantarse por si sola, se iba para un lado, no podía abrir la boca del todo y por eso no podía masticar.  El doctor nos dijo que no se repondría mucho más de lo que ya estaba, pero así suele ser en esos casos.

Los siguientes días fueron cansados, no es sencillo hacer que un perro que está acostumbrado a brincotear por toda la casa haga reposo.   La razón para que estuviera viva era para que estuviera con nosotros, así que teníamos que cargarla para bajar y subir las gradas, los muebles, la cama; llevarla a hacer sus necesidades y alimentarla con comida especial.   Ella intentaba hacerlo por si sola pero su cuerpo no respondía… al menos las primeras semanas.  Luego comenzó a caminar mejor, se nos escapaba para subir las gradas sin nuestra ayuda y cuando podía se robaba el concentrado de las otras y no comía el paté especial.   Esto último le era difícil, su boca seguía limitándola. 

Una tarde llevamos pizza, Musa y Greka saltaban emocionadas, Skippy sólo caminaba de lado a lado para demostrar su entusiasmo. Ella deseaba un pedazo de pizza, babeaba y aspiraba el olor de ajos y tomate absorbidos por el queso derretido, se estaba volviendo loca y trataba de ladrar pero su hocico trabado no se lo permitía.  Entonces la sorpresa, su deseo fue más fuerte que su dolencia y ladró, ladró y continuó ladrando con triunfo y fuerza.  

Desde ese día la apodé Skippy Corazón de León, por guerrera. Ella se recuperó casi por completo luego de ladrar, un detalle la delataba y era que su cabeza se iba un poco para un lado pero por lo demás su vida siguió como era antes del derrame.

Así era Skippy, bella, fuerte y perseverante.


sábado, 18 de mayo de 2013

Consentida adolorida



Un día regresé del colegio y Consentida estaba acostada en el moisés.   Lo normal es que estuviera en mi cama pero esa vez no fue así.  Me acerqué a saludarla y apenas me movió la cola.  Con molestia se levantó para darme mi beso y fue cuando supe con certeza que algo  estaba mal.   No había razón simple para que estuviera adolorida pensé, y le pregunté a la chica que trabajaba en la casa.   Ella me contó que Consentida había salido a hacer sus necesidades a media mañana y luego  había entrado bien.  La perra se quedó a partir de ese momento en mi cuarto, como siempre. 
María (así se llama la chica), estuvo pendiente de la perra y del gato como solía hacerlo, sólo los dejó cuando fue a la tienda.   Yo nunca dudé de ella, más que una trabajadora doméstica ella era y es mi amiga.  En ese entonces, también vivía con nosotros mi padrastro y María era mi aliada y cuando yo no estaba cuidaba mis cosas y a mis peludos hijos, porque no confiábamos en él.  Así que haciéndola de Sherlock Holmes, deduje que él había lastimado a Cony (Consentida).

Le pregunté a mi mamá si la Cocker se había salido de mi área y respondió que no y luego como cosa rara, con tranquilidad le dije: “Creo que tu esposo la lastimó”.   Mi madre de inmediato fue a preguntarle y él lo negó.  Pero yo estaba segura, no había otra explicación ¿o sí? La remota duda era porque el dolor que tenía Cony podría ser por alguna enfermedad.  Sus pupilas y encías estaban normales, no tenía heridas físicas; sí, tenía que ser por un golpe, pero yo no era ni soy veterinaria.
Mientras llevaba a Consentida con el Dr. J. Melgar, pensaba en las mil y una palabras que le diría al esposo de mi mamá por su horrible acción, cuando me confirmaran que estaba golpeada.  ¿Qué más podía hacer?
Llegué a la clínica y el doctor la revisó y en lo que lo hacía, yo argumentaba sobre el golpe que Cony tenía.   El doctor desde que lo conocí, siempre fue muy respetuoso y paternal, no sólo cuidaba de mis mascotas, me daba consejos sanos, por eso creo que le tenía la confianza de desahogarme, cuando lo miraba. 
Él terminó de revisarla y me dijo: mire mi´ja, se le pasó la mano a su imaginación, bien sabe que no considero a  su padrastro como persona grata, pero lo justo es justo y su perra lo que tiene es un problema de espalda, está inflamada.  Podemos sacarle rayos X, si usted quiere, pero no es necesaria.   Siga las instrucciones de la receta y manténgala en reposo.  Este es un problema que algunos Cocker presentan, si bien puede ser causado por un golpe, también pudo ser por saltar de la cama.

Al regresar a la casa bajé el colchón de mi cama para que fuera más sencillo para Consentida subirse, tranquila porque mis suposiciones  eran erradas pero siempre con un ojo vigilante.  En el término de diez días Cony estaba como nueva.

viernes, 3 de mayo de 2013

La mudanza (parte 2 y final)

 Todos nos mudamos, ¡todos!

¿Se recuerdan de Consentida?  Mi niña, la grande, mi conciencia.   También recordarán que murió cuando recién me mudaba a la que ahora llamo mi antigua casa.  No escribí detalles porque todavía duele recordar, así es con las pérdidas; uno aprende a vivir con ellas y por eso vale la pena siempre hacer buenos recuerdos. 

Consentida fue enterrada en el jardín al pie de un limonar y al lado de un rosal blanco, muchos días contemplé la grama añorando su presencia,  a veces con lágrimas y otras con sonrisas.
Diez años después nos mudamos de nuevo, como les conté la semana pasada; y luego de trasladar todas las frívolas pertenencias, regresamos una última vez por lo más importante: mi Cony.

Rk no se extrañó ante la petición de desenterrar a Consentida para colocarla en el nuevo jardín, pero sí noté que se tomó su tiempo para decidir la fecha en la que lo haríamos.
Preparé una hermosa caja que compré con anterioridad y esperé el día.  Luego de que este fue pospuesto repetidamente y sin aceptar más pretextos llegamos una tarde a la anterior casa, a eso de las cinco. Mi esposo comenzó a picar la tierra y mientras el sol se alejaba, mi convicción de hacerlo en ese momento también se iba.  Pero él ya estaba en esas y no pude hacerlo cambiar de idea.
Me daba miedo, la hora, el concepto de desenterrar a un muerto, el posible hedor que se sentiría, de cómo se verían los huesos, la piel, toda ella.  Imágenes tétricas se formaban en mi mente y toda la ayuda que le ofrecí al inicio se limitó a pasar la pala y a quedarme lo más alejada posible en la medida de que no notara mis inseguridades.  Si contagiaba a Rk con mis ideas ya no seguiría.  Traté de respirar lo menos posible, no quería que mi sentido del olfato trabajara.
La tierra cedió y utilizó la pala, se guiaba con seguridad.  Rk la había enterrado, sabíamos en dónde estaban los restos. Pero no contamos con los temblores y los cambios que de estos resultan.  Había un hueco pero no mi Cony. 

Él continuó sacando tierra siguiendo la formación de la misma y entonces comencé a sentir olor a rosas blancas (son mis favoritas).   Primero pensé que estaba tan bloqueada con eso de no sentir que mi cerebro me protegía.  No dije nada.  Luego el olor era más fuerte y Rk extrañado me preguntó: ¿Son ideas mías o huele a rosas? Y unos segundos después encontró los huesos limpios de mi  amada perrita y el olor se propagó. Nos admiramos del suceso.  En realidad mi pequeña era tan dulce que nos proveía una manera agradable de trasladarla, al menos eso pensaba yo.
Todo era posible en ese momento, si un arco iris hubiera nacido de ese hoyo en esa oscuridad no me habría sorprendido.

Regresamos a la nueva casa y colocamos la caja con los restos de Consentida en un lugar especial del jardín.  Nuestras mentes creaban teorías,  la lógica trabajaba a toda máquina para darnos respuestas, y la idea de que el rosal de alguna manera había perfumado los restos de Cony era la más probable, pero no por ello el hecho dejaba de ser extraordinario y entonces la razón del por qué sucedió me parecía inexplicablemente prodigioso.   El amor, todo lo puede y todo lo cree.  Mi perra ya fallecida me daba un último regalo o tal vez era su agradecimiento por no dejarla.

No hay casualidades ¿o sí?  Resulta que unos días después del re-entierro, cambiando los canales de la televisión vimos parte de un documental; en ese momento explicaban los estados de los cuerpos luego de ser desenterrados luego de varios años de estar un lugar y de cómo estos eran afectados por las bacterias propias del área y la calidad de la tierra.  Terminando la escena el presentador dijo: “No es de extrañar que en estas situaciones, en el lugar y tiempo adecuados, los olores dulces o florales se puedan sentir.  Los olores a rosas o jazmines son los más usuales.”

No crean que saber esto me decepcionó.  Mi siempre amada Cony, todavía así me dio un último regalo de amor como pensé: el conocimiento.

Hasta una próxima
Nova A.S.G.

viernes, 11 de enero de 2013

Perras mentoladas

Trato de llevar las anécdotas cronológicamente, sin embargo algunas se me pasan así como sucedió con esta historia.
 
Fuimos a comprar gaseosas y golosinas con Rk a la gasolinera, no quedaba lejos pero era noche y para darles una vuelta nos llevamos a las perras.
De regreso, Consentida estaba acomodada en el sillón junto al freno de mano y Skippy  iba sentada en mis piernas. Para hacerles larga la salida mi novio dio un par de vueltas más a las cuadras y entonces comenzamos a sentir olor a menta.  Un poco primero y luego el aroma envolvió la cabina del pick up.  Nos agarró desprevenidos y pensamos que era en la calle y que se colaba por los ventiladores.
 
El intenso olor nos causaba curiosidad, Puka (Skippy) se agachaba para oler a su mamá, Rk me comentaba que seguramente alguna fábrica de dulces cercana preparaba la deliciosa mezcla y yo  preguntaba en dónde era ya que nunca antes se había sentido.  Cony (Consentida) seguía en la misma posición, muy tranquilita y callada. 
De repente se escuchó un crujido.  ¿Sería del carro? Nuestro primer instantáneo pensamiento que se desvanecía por el mentolado olor que se intensificaba. 
Todo fue en menos de tres segundos: sonido, ¿carro?, olor y caer en la cuenta de que Cony masticaba dulces encontrados y recién robados de la cajuelita cerca al freno de mano.
La muy mañosa sabía lo que hacía, y por eso el silencio, sin embargo por la emoción, la mordida la había delatado.  Al llegar a casa nos habríamos dado cuenta, pero aún así nos vio la cara por un buen rato. 
 
Regañamos a Cony, le quité de su alcance los dulces que quedaban y tan concentrada estaba en amonestarla verbalmente porque ya se había comido dos, según la evidencia de los envoltorios tirados, que no me fijé cuando Skippy me robó uno de los dulces, hasta que escuché la lucha que tenía con el papelito.  
 
Esa noche, mi pobre Puka se quedó con el antojo,  Consentida, regañada pero con el mejor de los alientos y nosotros (los racionales humanos) nos sentimos tontos, tantas conjeturas y pasar por alto lo obvio.

viernes, 4 de enero de 2013

El despertar

Este es un buen tema para que sea el primero del año. 
 
Skippy era… bueno era Skippy.  Ella no paraba nunca, hacía lo que quería y a su manera; pero como todo Cocker: enérgica y jovial.
Meses después que la mamá, Consentida, muriera, una noche llegó nuestro grupo de amigos.  Bromas, risas, plática amena; esas reuniones que se dan porque sí.   Puka (Skippy) adoraba esos momentos, ella creía que llegaban a visitarla y se sentaba junto a uno u otro para compartir con todos.   En ese entonces sólo teníamos a Skippy y a Musa, esta última era más tranquila y siempre encontraba al invitado ideal para reclamarlo como suyo hasta que se despidiera. 
 
Esa noche Puka, luego se juguetear con todos se sentó en mis piernas. No sé si sería que era tarde o fue que el silencio también llegó de visita por un minuto, pero a la media noche, la manecilla del segundero del reloj que siempre había estado en la misma pared, aunque suave se escuchó: tic, tic, tic.    Skippy notó por primera vez el reloj y sorprendida por su descubrimiento siguió la manecilla con la mirada.  
No sé cómo, por qué o de qué siquiera, pero podría jurar que en ese instante mi Cocker tuvo un despertar.
 
A partir de entonces mi perrita comenzó a observar cada detalle que había en la casa, adornos, cuadros y formas; prestaba atención a las acciones que uno realizaba y las consecuencias que estas generaban: botón en pared, luz prendida o apagada en el techo; botón en pequeño aparato de mueble, música; y todos esos pequeños detalles de la vida cotidiana que a uno no le importan.



Ella salía al jardín con cuidado, no con la misma despreocupación de antes, Puka ahora caminaba muy despacio para cruzar la grama y tomar el sol y así evitaba que los coronaditos se espantaran mientras estos descansaban en el arbusto de mirra.   Si acaso no había pájaros, se acercaba a las flores y las olfateaba con ternura.


 
De cuando en cuando miraba el reloj y observaba de nuevo las manecillas.   Se quedaba pensativa y cómo si ese movimiento le indicara algo, al terminar sus meditaciones corría a uno de nosotros para que la acariciáramos. 
 
Puka siguió siendo traviesa, pero parecía más feliz, como dispuesta a que cada tic del segundero le diera satisfacciones.   Así de fabulosa fue mi tremenda y romántica Skippy.




 

viernes, 17 de agosto de 2012

Atractivo perruno


Cada perro tiene personalidad única, me imagino que es una fusión de los genes, el comportamiento de los seres humanos con quienes más comparte su vida y cómo se le trata, creo que es igual con las personas.   Y también opino que la personalidad aumenta y disminuye nuestra percepción de la belleza física, según los gustos de cada quien, lo notamos con nuestros semejantes pero no es tan fácil de observar en los perros, ya que los que amamos a los perros podría no gustarnos como actúa un perro en específico pero no por eso deja de ser un perro lindo: Es un perro, es lindo.  Un ejemplo (sé que es un estereotipo lo que escribiré): Los hombres mujeriegos.  Sin importar qué mujer sea, si está arreglada o no, tendrá piropo seguro (tampoco significa que sea agradable el piropo).

Estas ideas las tengo desde que noté que a Consentida, sin importar dónde y cuándo pasara, los perros se sentían atraídos a ella.  La miraban, le lloraban y se rendían a sus pies.  Ella era una Cocker Spaniel dorada, de buen carácter, algo coqueta y de facciones simétricas, según mi punto de vista, así que era bella.  Luego con los años, cuando asistimos a los entrenamientos caninos con Skippy, Musa y Greka observé que sí, cada perro tenía un gusto propio no necesariamente en relación a una raza.

Los que han leído sobre Skippy saben que era, aparte de tremenda, una perra de carácter recio, no conocía la palabra miedo y se sentía del tamaño de un león. De ella, se enamoró un enorme y dulce Pit Bull.  Trataba de llamar su atención como pudiera y suspiraba cuando al fin Skippy se dignaba a darle una mirada.  Se acercaba lo más que podía con su correa para poder olerla.  Había otras perras preciosas estudiando, pero nadie le llamó la atención a él, mas que mi tremenda Puka.  ¿Sería el carácter de ella lo que lo atraía? ¿Un olor en específico? No tengo la menor idea.

Musa también encontró admirador, un Pastor Alemán bravucón. El perrito era malhumorado con otros perros y perras, ladrador y si se hubiera dado el caso talvez peleonero.  Esa era una de las razones por las que estaba en entrenamiento.  Sin embargo con Musita, el perro se acostaba ante ella, era a la única que no le ladraba y cuando trabajábamos a su lado él se comportaba más tranquilo.   Musa no era coqueta, pero de repente le daba curiosidad el perrón y con disimulo se acercaba a él. Se escuchaban suspiros del macho y se veían sonrisas de los que observábamos.  Algo era claro (aparte de las razas) ella era tranquila y él no.  ¿Sería la personalidad tranquila de Musa lo que lo conquistaba?

Con Greka, no sé si por nena o qué pero ella consiguió dos enamorados. 
El primero, un bello y energético Jack Rusell que al verla saltaba más de lo que usualmente hacía.   Le llevaban una pelota a los entrenamientos, para mantenerlo ocupado mientras comenzaban y terminaban las clases (es que esa raza lo necesita), entonces él se la tiraba y correteaba a su alrededor y cómo ella no correspondía a sus juegos, él agarraba la pelota y jugaba solo pero enfrente de ella para cautivarla.  Estaba loco por mi mimada Cockercita, pero Greka no le prestaba atención, es más, creo que lo ignoraba, hasta que...  llegó a clases otra perrita.  El Russell, me imagino que harto de los modos de Greka y atraído hacia la nueva alumna dejó de ser el adorador de mi pequeña.   Más nos sorprendimos de ver la reacción que tuvo la Cocker, porque se notaron los celos y comenzó a prestarle atención.  El perrito quedó indeciso porque quiso compartir sus juegos con las dos, pero Greka quería todo o nada, así que aunque ya no fue petulante tampoco siguió su juego y creo que a propósito atendió más las miradas del segundo enamorado: Athos.

Athos es del único que recuerdo el nombre, talvez porque vi el proceso de su cambio: Un perro tímido convertido en un regio Gran Danés.
Él amaba a Greka, era por la única que ladraba si algún otro perro le ladraba a ella.  Dulce, amable y educado.  Una vez quiso jugar con ella y por supuesto su manita cubrió todo el rostro de Greka, esta se asustó y a él se le notó el arrepentimiento de haberle causado disgusto con el juego. Entonces a partir de ese momento cada vez que se le acercaba lo hacía arrastrado al suelo para verse más pequeño. A Greka parecía agradarle este gesto ya que lo dejaba olerla y ella también lo olfateaba detrás de las orejas, reacciones muy naturales entre dos perros sociables, pero no de las mías.

Creerán que exagero, pero es real.  Cómo podemos juzgar la atracción animal si ni siquiera podemos hacerlo con la humana. ¿O me dirán que no han visto parejas que consideran disparejas?

Hasta una próxima
Nova A.S.G.

viernes, 3 de agosto de 2012

Compartiendo

Hace años, asistimos con Greka, Musa y Skippy a clases de adiestramiento canino.  La razón inconsciente pudo ser el deseo de tener a una Lassie, Rin Tin Tin o Boomer en casa.  Pero la idea real en ese momento fue divertirnos con ellas y que compartieran con otros perros para que fueran más sociables.  Cada sábado por más de un año nos preparábamos mi esposo, las perras y yo para llegar a las nueve de la mañana.  No quedaba cerca pero ellas nos motivaban y nos encantaba ver cómo entraban al auto en cuanto abríamos las puertas.  Nadie las sacaba de ahí, hasta que llegábamos al parque en donde se impartía el curso.

En clase, Skippy era consentida por la edad, recuerdo que nuestro maestro (nuestro porque los humanos también debemos aprender para que los caninos lo hagan) decía:   ‹‹Skippy es el ejemplo perfecto de que un perro anciano puede adiestrarse, se le deberá tener más paciencia pero podrá aprender.›› Y así fue, sin tanto esfuerzo, como el que se esperaba realizar, Puka (de cariño) completó y se graduó de tres cursos.  Admito que hizo lo que yo hice en algún momento: prepararse para los exámenes y olvidarse del asunto. Y por supuesto recordaba las órdenes sólo cuando estábamos en clase, a pesar de entonces tener 10 años (yo no la consideraba anciana, pero…), en casa ella seguía siendo la misma: ¡Un terremoto!

Musa aprendió a la misma velocidad que Skippy, era más joven pero me imagino que su distracción se debía a las constantes enfermedades que padecía y de las que habrá quedado medio sorda, si no es que ya había nacido así.  El entrenador la adoraba, le encantaba su pelaje negro, sus enormes y expresivos ojos y su natural timidez ante extraños.  Cada vez que la veía, él la admiraba.  Con tantos perros bellos que asistían me causaba gracia que demostrara preferencia hacia mi pequeña Cocker negra.  También completó sus cursos, pero ella sí continuaba siendo educada en casa cuando lo solicitábamos.

Greka, mi pequeña y adorable Greka.  La más joven de las tres.  Aprendió a una velocidad increíble.  Si ella no se convirtió en una perra de película fue por mi culpa nada más, ya que yo no tenía en casa la constancia de proseguir como se debía entre clases.  Ella ya iba adelantada a muchas cosas, pero estas se las dejo para otro día.
El profesor se sorprendía de la compatibilidad que teníamos ella y yo.  La perrita nunca dejaba de verme, la atención era total.  Y los errores que yo cometía ella los copiaba.  Por ejemplo, el caminado en línea recta por alguna razón me desvío y ella lo hacía igual cuando le tocaba realizar el ejercicio por su cuenta.  Era muy gracioso. 
Esa proyección de perro y protector, decía el maestro, que sólo la había visto dos veces en su vida, y una de esas éramos Greka y yo.  Por supuesto, sus calificaciones fueron excelentes, tanto así que nos inscribieron para una competencia de adiestramiento canino.  El mérito era de ella y tal vez si yo hubiera entrenado más nos habría ido mejor o al menos no tan mal.  Y es que entre todas las virtudes que tenía mi chiquita, un pequeño detalle la desarmaba: Era demasiado nerviosa.

Lo importante mientras asistimos fue que nos divertimos mucho, salimos de la rutina y aprendimos más sobre ellas y nosotros.

Fueron buenos tiempos, bellos recuerdos, momentos sanos.  Esa es la razón de tener perros, para compartir la vida una simple buena vida. 
Sé que no siempre es posible costear cursos, vacacionar o comprarles juguetes, pero ellos no esperan todo esto, sólo quieren estar con nosotros, por eso hasta la caminata más sencilla o por las lluvias jugar con ellos dentro de casa los hará en extremos felices.

¡Vean esas alegres caras, vean esa lengua de fuera y orejas paradas!

Hasta una próxima

sábado, 16 de junio de 2012

Caninus Houdinis

Esta semana mi esposo me preguntó si había visto al perro Husky que daban en adopción.   En estas semanas se han encontrado varios de esa raza y en lo que buscan a sus dueños (quienes tal vez no desean ser encontrados) los promueven para adopción.  Como no sabía a cuál se refería, pregunté por más detalles.  
—El que dicen que es escapista.
—Ah, sí. Leí sobre él.
—¡Qué travieso!  ¿Verdad? Abre las chapas con los dientes.  Imagínate, ya que le de vuelta a la perilla; es porque se ha fijado en lo que hacen las personas y sabe copiarlo —dijo. Y los dos recordamos a Skippy.

Había olvidado este detalle de mi tremenda Cocker.  Hasta tuve problemas por su ingenio, les cuento:

Consentida, madre de Skippy todavía estaba con nosotros. Y yo aún vivía en casa de mi madre, mis hermanos y mi padrastro.   Este señor se dedicó a no ser ni amable conmigo desde poco después que se casó con mi mamá.  Y mientras crecí el trato entre ambos era de educación verbal si no podíamos evitarnos: Buenos días y con permiso.  
Por mi parte la razón de mantener esa “cordialidad” era para que no molestar a mi madre.  Por parte de él, era sólo por que no quería ser menos educado que yo.  Era de ese tipo de personalidad que gusta de la confrontación.
Bien, con los años el señor aprendió que mi debilidad eran mis perros, no tenía que ser genio para saberlo pero queriendo molestar buscaba ese pretexto: ‹‹Chuchos pendejos…››, ‹‹Esos perros cabrones…››, ‹‹¡Ah! chucho quítese…››.  
En fin. De un modo u otro mi mamá se las ingeniaba para que mi dormitorio tuviera un jardín privado, por pequeño que fuera y así yo era feliz porque estaba con mis peludas.

En esa última casa, donde convivimos todos, fue que creció sus primeros cuatro años Spooky (también la llamaba así).  La puerta de mi dormitorio estaba separado del resto de la casa por un pequeño patio de un metro de ancho y por este se llegaba a la cocina, con otra puerta de vidrio y chapa de las que se sube y baja el jalador para abrirla o cerrarla.  Desde la cocina se tenía acceso a toda la casa.

De repente comenzaron los disgustos.  Me regañaban por dejar la puerta de vidrio abierta y que las perras entraran a subirse a los sillones, cuando yo no estaba.  O mi mamá me decía que ella había encerrado a las perras porque al entrar a la casa se habían salido al garaje.  El señor comenzó a amenazar que cuando las viera adentro abriría el portón para que se salieran porque ya lo tenían harto.  
Yo no entendía qué sucedía, y la razón lógica que pensé fue que él les abría para causarme problemas, y para de verdad un día sacarlas.
En todos esos años, sí de algo estaba segura es que él no era tan malo, porque si bien nunca fue un buen ejemplo o un consejero, tampoco fue cruel de hacerles daño a mis perros para causarme pesar. Pero la situación había cambiado, según yo.

Entonces yo también me ensañaba con él.  Lo culpaba por la puerta. Lo amenazaba (no sé ni con qué) de regreso por si algo les pasaba a mis peludas. Él lo negaba, pero nadie le creía. Hazte fama y échate a dormir, dice el dicho, y sus acciones lo señalaban.
Fueron días de enojo, malestar, y por primera vez el deseo de irme de la casa y vivir tranquila con mis perritas.

Un día olvidé mi bolsa, regresé y antes de entrar a la casa escuché golpes.  Todavía, vi a Skippy brincando frente a la puerta de vidrio y entendí lo que sucedía.  No lo habría imaginado, ella era pequeña y no alcanzaba la chapa, se me olvidó lo traviesa y perseverante que era.   Me escondí para observarla:  Ella saltaba, con sus patas delanteras bajaba la chapa y con las traseras mientras estaba en el aire empujaba la puerta, dejándola abierta.
Busqué la llave, la utilicé y el problema se solucionó, al menos ese.   Más tarde le expliqué a mi mamá y con doloroso orgullo, cuando vi a mi padrastro murmullé disculpas. Me imagino que las aceptó porque sólo se alejó balbuceando: ‹‹Yo te lo dije, yo te dije que yo no era.››

sábado, 7 de enero de 2012

Greka

Sepan que siempre he estado a favor de la esterilización de los perros, aunque hace algún tiempo pensaba que sólo era necesaria para los mestizos, ya que la mayoría de ellos son los que no encuentran un hogar y algunas personas los sacan a las calles.
Nunca crucé a mis perras por obtener ganancia, ¡simplemente eso no se hace!; pero en mi ignorancia sí  quería nietos, entonces Cony me dio a Skippy y a tres hermanos de quienes siempre supe sus condiciones y el amor con el que los cuidaron.  
Luego adoptamos a Musa, de raza Cocker y negra al igual que su salud, ahí se me encendió el foco: No muchas personas cuidarían de ella en ese estado, por lo mismo nos la dieron y por supuesto no la devolvimos.  Pero si en caso otra persona la hubiera tenido para que tuviera perritos, estos, lo más seguro es que no hubieran sido del todo sanos, imagínense el trato que les darían.
Comprendí que como ella, muchos perros de raza tenían los mismos problemas que los mestizos; así que le dije al veterinario:
—Quiero operar a Musa.
—Mire A., mi recomendación es que le permita tener una camada y luego la operamos.  Es sano para ellas. —Me respondió el Dr. J.M. Él es un excelente doctor, pero es de la vieja escuela, su consejo fue tan sincero como sus creencias y lo que le enseñaron.  Ahora sé que esto no es una regla pero para entonces acepté su idea como la adecuada, así que no operamos a Musa aunque tampoco le busqué novio, la salud de la perra no me convencía como para que hubiera más perros igual que ella.   

Con Skippy, la historia fue otra.  Fueron dos cachorras, preciosas y juguetonas las que me dio y aunque quería quedarme con las dos, en ese entonces no concebía la idea de tener cuatro perras en casa, además los protectores de Pongo, novio de Skippy, también querían nietos. Ellos deseaban un macho, pero no había opción.  Escogieron a la de color claro que se parecía al padre y unos meses después la operaron antes de que padre e hija cometieran incesto.   

La que se quedó con nosotros la nombramos Greka.  Ella era una perra tímida, de color cobre, inteligente como ninguna perra que he conocido.   Creció entre los mimos de su madre Skippy y los de su tía Musa, no digamos los de Rk y los míos.  
Las perras adultas se encargaron de tal manera enseñarla que, el único problema de aprendizaje que tuvo fue salir a hacer sus necesidades durante las noches de lluvia, en las que Rk o yo solíamos acompañarla con sombrilla en mano.
La personalidad de Greka fue la antítesis de la de Skippy.  Fue lo más dulce y entendido que jamás imaginé de una persona no digamos de un perro.

Hay tantas recuerdos que me dejó Greka, la dulce Greka como le llamábamos, pero muchos no pueden ser descritos con palabras y para los que sí, tendrán que esperar a que prosiga otro día.


viernes, 30 de diciembre de 2011

Celebración de Año Nuevo

En lo que respecta al año nuevo y al año que está a punto de caducar soy infantil.  Los imagino como el sabio anciano a punto de retirarse y el joven inexperto que pronto gobernará.
Por eso, al comenzar a escribir el último tema de este año, me imaginé escribiendo sobre las tristezas que el anciano me causó con las muertes de las mascotas de la familia: Tillo (del que no escribí ya que no era un perro, ni siquiera una mascota convencional), Milagro, Perseo, y Musa, así como un par de rescatados: Oso y Laica II.  Pero para ser justa, también tendría que comentar las satisfacciones que tuve al ayudar a más de un perro (Horus, Beto, Chico y a otros por ahí). 
Sería aburrido, repetitivo y no sería del todo sincera, porque aún siento que el año 2011 me quedó debiendo.
Ya no puedo reclamar, el viejo se va y yo me quedo esperando a que tenga la decencia de avisarle al 2012, lo que le faltó redimir.  A no ser que, también le falle la memoria a estas alturas.

Y pensando en esos años que, uno cree que quedaron en deuda, recuerdo que tuve ya un año similar, fue cuando murió mi abuelita en un mes de noviembre.
El 31 de diciembre, mi madre no estaba para celebraciones y se acostó temprano. Yo no tenía edad suficiente para salir, ni las ganas; tampoco quería estar ahí, triste y recordando las festividades del año anterior.  Pero no tenía opción.
Las lágrimas seguían mojando mi cara, aunque nadie me oía llorar, lo evitaba.    La iluminación era una vela, me imagino que lo hice para no molestar a nadie.   Tenía una taza de ponche ya frío, mientras esperaba sentada en la cama, a que pasara el tiempo.
Vi el reloj una vez más y al mismo tiempo la cohetería resonó en las calles.  Era la media noche.   Consentida mi bella Cocker, de inmediato brincó a mis piernas para que la protegiera pero yo lo sentí como el mejor abrazo de Año Nuevo que jamás tuve.
El gato, celoso de la atención hacia Cony, también fue a rozarse en mi espalda.   Se ganó un par de lamidas (de la perra) y un gran abrazo de mi parte. 
Pasamos horas jugando en silencio, ellos me hicieron reír y olvidar, hasta que en algún momento me quedé dormida. 
Sé que a muchos no les parecerá gran cosa, pero es un grato recuerdo de cómo un gato y una perra iniciaron una celebración.


¡Feliz Año Nuevo 2012!

sábado, 10 de diciembre de 2011

Jugando con la Navidad

Esta anécdota es tan vieja que hasta la había olvidado.   Hace unos momentos, tratando de pensar en el tema de hoy, mientras miraba las luces del árbol de Navidad la recordé.

Yo era una adolescente, mi abuela había muerto el año anterior y dispuesta a que no murieran con ella las tradiciones navideñas (ya que mi mamá aunque le gustan, es práctica y no dedica tiempo a las decoraciones), planeé con anticipación la realización del árbol y nacimiento para el poco espacio del que disponía.

Le llevé la idea a un carpintero de la armazón del árbol: Una pirámide cuadrangular de 1.80 metro de alto y que no tuviera forro alguno.  Me la entregó en dos días y me cobró sólo por no regalármela.
La forré en luces dejando parte de una cara descubierta y luego coloqué un par de lazos de pino en la misma forma.  El nacimiento lo armé dentro del “árbol” y hasta la fecha me siento muy satisfecha de cómo quedó. Para mí, era resplandor y olor navideños, en un pequeño espacio.

En ese entonces tenía a Consentida, a Beba (una perrita que murió unos meses después) y a mi gato que, con vergüenza les digo lo llamábamos Bullshit, tanto insistieron mis amigos en llamarlo así que no entendía su verdadero nombre: Wealthy. 

Regresé a casa una tarde, iba a entrar al área donde tenía la decoración, cuando escuché alboroto, me asomé por la ventana para observar la causa:  Consentida corría en círculos, persiguiendo su cola; Beba, ladraba adentrando su cabeza en el árbol y cuando la sacó, vi a Bullshit adentro del nacimiento, tirando hacia afuera con sus patas los pastorcitos, casitas y ovejas.
Entré de inmediato y todos los peludos desaparecieron al instante. Verifiqué los daños que al final sólo fue desorden.  La recreación de un pueblo había sido la afectada, parecía que un tornado había azotado la región.

Esa noche, las dos perras y el gato dormían juntos al pie del árbol, mientras yo los miraba mover sus patas y bigotes imaginando que soñaban a cómo jugaron con la Navidad.
Las luces de colores, iluminaban las áreas que habían quedado sin desarmar, al igual que las partes del desastre; porque no lo reacomodé, Beba y Bullshit le habían dado un toque de realismo que me pareció natural.

viernes, 29 de julio de 2011

Musa

Skippy estaba sola.  La madre, Consentida había muerto.   Su duelo, como lo comenté en Tristeza canina, fue casi inaguantable, pero no era para menos, ahora que lo veo desde otra perspectiva.
En esos días muchos cambios sucedieron en la vida de Skippy, cambio de casa, la falta de su compañera canina y días sin mí, cuando me fui de luna de miel; no fueron muchos y estuvo bien cuidada, pero me imagino que fue estresante que el mundo como lo conocía cambiara tanto en un par de meses.

Rk y yo logramos controlar hasta cierto punto la tristeza de la perra pero seguía faltando algo…, alguien.  Y Musa llegó a casa, todavía cachorra, Cocker y negra como los pecados.  Preciosa.
Ella salió de una de esas tiendas de mascotas, no la querían y por eso pasó a ser parte de nuestra familia.  Aunque admito que si hubiéramos pensado en tener otro perro no se nos hubiera ocurrido adoptar, no había tanta información sobre los perros sin hogar y no se les veía tanto como ahora y éramos ignorantes al respecto.

Musa era educada, graciosa y juguetona pero tenía un defecto: Tosía como un tuberculoso.  Los que nos la dieron nos recomendaron que fuéramos a la tienda en donde había sido adquirida, tenía “garantía”.   No entendimos el concepto, no era un electrodoméstico, así que asumimos que cubrirían los gastos de veterinario.   No fue así, una frase simple explicó qué significaba la palabra: ‹‹Tráiganla de vuelta, con gusto se la cambiamos.›› ¡Qué horror!  Sólo tenía un par de días con nosotros pero ya la amábamos. No tuvimos que pensarlo. Rk y yo ni siquiera nos vimos para responder al unísono: ¡No!

Ella es el ejemplo perfecto de lo que pasa con muchos perros que son vendidos de esa manera.  Nacen enfermos, alguien los devuelve o regala.  En su caso ella tuvo la oportunidad de ser parte de una familia, no todos la tienen.
Y como la historia ya se convirtió en enseñanza, prometo que luego continuaré relatando anécdotas sobre Musa.

viernes, 15 de julio de 2011

Ángel personal

Hace quince años falleció Consentida, mi primera Cocker, la grande, la bella; ella era el reflejo de mi niñez.
En ese momento me pareció doloroso pero normal, me habían dicho que a sus doce años era anciana y que sólo los perros bien cuidados llegaban a semejante edad.   Ahora sé que no es una regla y que con mejores cuidados desde temprana edad, hubiera vivido más tiempo.

Una llovizna fue suficiente.  Se resfrió.  Se complicó en bronquitis y gastroenteritis.   Con seguridad lo hubiera logrado si no hubiera padecido del corazón.  El suero que necesitaba para reponerse fue el que no soportó.

De cualquier manera, luego del susto que me había dado un par de años antes cuando dejó de respirar, sabía que su muerte estaba cerca y por eso en cada oportunidad que tuve le demostré todo el afecto que sentía. 

Al final no le gané a la muerte, pero no me quedó nada más por expresar, ni por hacer.   Sólo me lamento no haber estado a su lado cuando falleció, pero ella estaba en el hospital y murió a las cinco de la mañana.  Si la hubiera tenido en casa, el resultado hubiese sido el mismo pero yo sentiría culpa de que no tuvo mejor atención.  Eso sería peor, pensar en que tal vez se pudo salvar.
Consentida fue mi primera hija canina, una gran amiga, consejera y confidente.  El convivir con ella formó, en parte, mi carácter. 
Aun recuerdo su personalidad, sus lamidas y su olor, ese olor a cachorro y adulto que era muy de ella.  A veces, cuando sueño con ella, mi cerebro me consiente y siento su aroma; al hacerlo siento paz y felicidad.

Solía decirle que era mi ángel personal, aún lo creo, porque a pesar de que lleva tantos años enterrada todavía la siento cerca de mí.

viernes, 8 de julio de 2011

Escuchaba atenta

¿Han notado que hay perros que ponen más atención a ciertas cosas que a otras?
Consentida solía hacerlo al escuchar a mi mamá.

Mi madre es una persona que se basa en los números: ¿Cuánto gana? ¿Cuánto gasta? Si se hace esto, se obtendrá lo otro.   Y por supuesto: Calculadora en mano, cosa que no siempre le sirve ya que se adelanta al resultado y ella continúa en lo suyo.
Así que, en mi adolescencia cuando vivía con ella, por veces llegaba a la habitación y me decía: ‹‹Vamos a hacer cuentas y te voy a decir qué es lo que pienso.››
Yo prestaba atención los primeros cinco minutos, después me ponía a pensar en otras cosas y sin interesarme por lo que hablaba asentía con la cabeza. 
Luego me di cuenta que Consentida sí se interesaba (a diferencia mía), seguía con la mirada la boca de mi mamá, se ponía tan atenta que poco le faltó que la interrumpiera para que le explicara algún dato.  ¡La perra se entretenía de una manera asombrosa!
Cuando entraba mi mamá con la calculadora, la perra de inmediato se subía al sillón y se sentaba a escucharla.


¿Qué pensaba Cony?  ¿Era la verborrea numérica la que le atraía?  Por supuesto nunca lo sabré, pero mamá si supo que era mejor hablarle a la perra porque parecía entenderla mejor que la hija (yo).

viernes, 1 de julio de 2011

Mamá a la orden

Regresando a las anécdotas de años atrás, continúo con Skippy.   Sí, era traviesa, pero también leal como suelen ser los perros.   Aún así nunca logramos que jugara como los demás canes.  ‹‹—¡Trae la pelota, Skippy!›› Y ella salía corriendo atrás de la bola, la agarraba, nos hacía ademanes y se iba corriendo con ella.   Creo que el juego para ella era: Agarren ustedes la pelota, si me alcanzan.
Nos dimos cuenta que el te lo tiro y me lo traes, no era lo suyo.  Tampoco lo fue la búsqueda, sí encontraba lo que se le pedía pero nunca lo sacó de los escondites en donde colocábamos los juguetes, sólo señalaba por un par de minutos, se aburría y se ponía a saltar en la cama.  A veces ella los cambiaba de lugar y éramos los humanos los que resultábamos buscando.

Consentida en cambio, realizaba todos los juegos y se enorgullecía de su habilidad, también nosotros.  Puka (como ya he mencionado que se le llamaba también a Skippy de cariño) se vengaba al ver que su mamá nos complacía, tomaba impulso y corría para empujarla como si fuera un profesional de football americano contra su adversario.  No tienen idea de las veces que se la quité del camino.

Una única orden aprendió en su juventud Skippy.  Ni siquiera se la enseñamos, lo supimos por casualidad.   Salimos un día al jardín a jugar con las dos perras, Puka siempre adelante y lo normal era que Cony saliera con nosotros.  Esa vez Consentida se atrasó, tal vez se quedó tomando agua o buscando un juguete.   Al ver que ella no venía dijimos:  ‹‹—Skippy ¿Y su mamá? Vaya por su mamá.›› La joven Cocker, de inmediato, corrió hacia adentro y al minuto regresó jalando la oreja de la madre, quien venía no muy convencida de la manera en que era tratada.
La acción la siguió realizando todas las demás veces que se lo solicitamos y se le notaba que le causaba placer.  No estoy segura que lo hacía por complacernos, sino por jalonear con pretexto a Consentida.

Así era mi Skippy, entendida cuando quería y la mayoría de las veces no quiso.

viernes, 24 de junio de 2011

Tristeza canina

Antes de vivirlo, no había pensado en cómo los perros se sentían luego de la muerte de un compañero canino.
Consentida fue la primera perra en mi casa que tuvo de compañía a su hija Skippy.  Cuando Cony murió, fui muy egoísta en pensar sólo en mi dolor y no razoné al principió el porqué de los cambios de humor que Skippy tenía.
Ya he relatado que esta perra fue el modelo del porqué a los Cocker Spaniels se les llama locos.  Ella iba más allá de la palabra traviesa, era destructiva.   Pero nunca pensé que su carácter podía empeorar.

Al morir su mamá, se ensañó con todo y todo el tiempo.  Desgarró cortinas, tiraba adornos y llegó al colmo de realizar sus necesidades dentro de casa, algo que no había hecho desde cachorra.   ¡Era frustrante!
Un día Rk llegó del trabajo y desde la calle escuchó los aullidos de Skippy.  Entró a casa enfadado pero en silencio para observar a la perra ¿Por qué aullaba?
El enojo se convirtió en lástima al ver que Puka (también así la llamábamos de cariño) estaba sentada al pie de la cama viendo la foto de su mamá que tenía al frente.  Ella sufría y nosotros no le dábamos consuelo.   Nuestra actitud cambió, prestamos más atención y la situación con Skippy mejoró en días, en especial cuando llegó Musa  
Cuando Greka, la mamá de mis Cuachuchitos murió, Skippy se dolió también, para entonces tenía catorce años y recién había sido operada de un tumor en el páncreas, pero esa vez se enfocó en cuidar de los cachorros, ellos tenían dos meses y me imagino que sabiéndose abuela  decidió compartir la maternidad de los huérfanos, conmigo.

Los Cuachuchitos no sintieron tan fuerte la pérdida de su mamá, ella no había podido cuidarlos debido a lo enferma que estaba y al estar tan jóvenes no reconocieron la muerte. Pero un año después, cuando Skippy murió a sus quince años,  la lloraron.  Perseo rascaba la tumba aullando y enseñándonos el lugar.  Nova entró en negación y los otros dos no quisieron salir al jardín.   Fue muy doloroso para nosotros, humanos, observarlos y no encontrar la manera de explicarles que así es la vida, en especial porque Puka ya era anciana.

Ahora con la muerte de Perseo son cuatro canes los dolientes.
Nova, de nuevo entró en negación, seguida de días de furia; todavía tiene sus momentos de mírame y no me toques y hasta de no me mires. 
Keyla, es más tranquila.  Se nota que extraña a su hermano pero no en cambios bruscos, casi se podría decir que acepta la muerte sin exagerada preocupación.
Musa, sin ver ni oír, estoy segura que olió que el perrito que más la cuidaba y quería, murió.  Aún así, lo busca por veces.  Ella, por la artritis no sube las gradas, igual se acerca a ellas a ladrar, para ser oída en el segundo nivel, sólo a él llamaba y sé que a él es a quien busca.
Gecko, el otro único macho, mi sorpresa más grande.   Se la pasaban compitiendo, siempre querían comer del mismo plato, marcar el mismo árbol (a veces sólo salían a marcarlo uno tras otro hasta que alguno se cansaba). Deseaban el mismo juguete, se gruñían y mantenían distancia uno del otro a excepciones de cuando pasaba el perro vecino y uno entraba a llamar al otro para que lo acompañara a ladrar.   Era una relación de me estorbas y caes mal pero te quiero.  Gecko es a quien la tristeza se le nota y mucho.   Come y por momentos se queda en espera de que lo empujen del plato, como no sucede se cambia de plato, luego se rinde y se echa en el cojín.  El uso de hueso limpia dientes ya no lo usa tan seguido, pareciera que no es gracioso que Perseo, quien esperaba a que terminara de usarlo, no esté.   Pero la mayor muestra de su pena son los juguetes.  Gecko juega un rato con ellos luego los lleva al jardín y los deja en donde Perseo está enterrado.  A veces se queda esperando ¿una respuesta? ¿Una acción? No sé.

Veo en mis perros, el reflejo de mis sentimientos ante la perdida de Perseo, pero no es que actúen así porque esa energía les transmito.  Ellos también han perdido a un ser amado.   Pero estoy consiente que de Rk y de mi depende que ellos sean felices y por eso los apoyamos con caminatas, juegos, amor y lo que podamos ofrecerles mientras aprendemos a entenderlos más. 

viernes, 13 de mayo de 2011

Predicción

Una noche, mientras dormía, escuché respiraciones fuertes, tos seca y ya.   Serían segundos, pero los síntomas fueron intensos. Encendí la lámpara. Cony estaba en la alfombra estirada, demasiado quieta para sólo pensar que dormía.  La levanté, nunca antes había pesado tanto.
¡No respiraba!

Comencé a llorar y al mismo tiempo a darle respiración boca a boca.  Por instinto, le presionaba el pecho, imitando lo que se hace con las personas.   En realidad, no sabía qué más hacer, aunque igual no tenía conocimientos sobre lo que estaba haciendo.
Pasaron talvez dos minutos, los sentí como horas pero al fin ¡Consentida reaccionó!   La abracé con angustia y alivio, Skippy en ese momento también empezó a lamerla, todo ese tiempo se había mantenido alejada.

A la mañana siguiente fui con el Dr. J.Melgar, nuestro Veterinario de cabecera, médico de gran experiencia.  Expliqué lo sucedido, tratando de convencerlo de que no lo había soñado.   No era necesario, él me creía y luego de examinar a Cony me dijo: ‹‹—Mi´ja, su perra padece del corazón››.

El diagnóstico era una predicción. Consentida tenía más de diez años y aunque se le veía sana, su corazón en algún momento debilitaría el mío.   
Por muchos meses no dormí tranquila desde entonces.  Y consiente de un final que con todos será irremediable, recordé a partir de ese día, despertarme agradeciendo por cada nuevo amanecer que tuve al lado de Cony.  

viernes, 1 de abril de 2011

Consentida pastora

Viendo una película entre estornudos, tos y dolor de cabeza (estúpida bronquitis), recordé las habilidades que tenía Consentida.
Siendo Cocker Spaniel, uno esperaría que la cacería de aves fuese lo que la atraía.  Sí y no.
Cony no tendría más de tres años, cuando a la casa llevaron una criadora, que para los que no saben qué es, es una estructura de metal en pisos que sirve para la crianza de pollos.  La que llevaron a casa era pequeña pero suficiente para ayudar a las necesitadas finanzas hogareñas.

Comenzó la crianza y también los pollitos escapistas que se salían para arrinconarse en las esquinas inalcanzables de las patas de la criadora.  Mi mami y yo nos estirábamos lo más que podíamos para alcanzar a las pelusitas amarillas que piaban y piaban.  En esos momentos a Cony se le encerraba por la idea que la perra bien podría, por sus nervios, morder a uno de los pollitos.  

La constancia con la que teníamos que realizar el “trabajito” nos hartó y dejamos de prestar atención a cada pollo que se salía y esperábamos a buscarlos hasta que sintiéramos que eran bastantes.  En uno de esos momentos se nos olvidó entrar a Cony y en cuanto nos agachamos a buscar a las aves, Consentida pasó, correteando una a mi lado, luego a otra y a otra, más rápido de lo que pude levantarme para evitarlo.   Cuando vi, la perra tenía a un grupo de pollos arrinconados contra una pared esperando por mí.   Ningún ave estaba lesionada, babeadas sí pero no más que eso.  Consentida se convirtió en una pastora de aves y en una excelente ayuda mientras la criadora estuvo ese año en casa.  

Y si a todo esto se preguntan: ¿Y que tiene que ver el recuerdo con la película? No lo sé, creo que vi un pato volando en ella.  Tal vez por ser ave me recordé de los pollos.  Quién sabe.  Al menos tengo el pretexto perfecto: tenía fiebre.