Nos mudamos a una granja, y
por falta de cercas, para que no se perdiera, Consentida se quedó
viviendo con mi abuelita. Las visitaba seguido, pero igual me hacían
falta las dos.
El lugar no era cómodo, o bonito, pero lo bueno de la
adolescencia es que entre los estudios y sin las preocupaciones de
adulto, uno encuentra como pasarla bien con lo que le gusta, y en este
caso fue compartir el espacio con caninos.
Había en la granja
varios perros de los trabajadores, o al menos eso pensé por algunas
semanas. Cuando preguntaba: ¿Y ese, de quién es? No recibía respuestas
concretas, pero no presté atención, luego supe que eran perros que se
quedaban ahí a falta de tener un hogar.
Nadie decía nada al
principio, se preocupaban porque se les sacara a la calle. Por supuesto
eso no pasó, y entre el pedido de concentrado para pollos, se agregó
comida para perros (aparte que se ganaron la castración sin solicitarlo).
El perro que más cariño me hacía, era
flaco como un galgo, con una oreja parada y la otra caída, color café
con rayas oscuras. Al saludar, lo hacía tan exagerado que lo llamé
Fiestero. Para cuando supe que lo llamaban Tigre (más apropiado por sus
colores) era demasiado tarde, yo ya no me acostumbré.
Fiestero se
convirtió en mi sombra de inmediato y los demás perros alrededor pronto
se sumaron al séquito. Llegó un momento en que me daba vergüenza, no
por la variedad de formas de los perros (a ninguno se le adivinaba una
raza) si no por la cantidad que me rodeaba.
Algunas veces me
tocó ir en autobús extra-urbano al colegio. Para tomarlo tenía que
caminar un kilómetro hacia la carretera principal. Dejando a un lado
mis quejas por el hedor de axilas o por lo apretados que los usuarios
íbamos (sentados o parados), mi preocupación era Fiestero. Él me
llevaba a la parada y luego regresaba a la granja. Yo lo regañaba,
amenazaba, ignoraba; pero el perro sentía la responsabilidad de
acompañarme. Se le encadenó, se le encerró, pero nada lo detuvo.
Una
vez en una cuadra un perro grande, nos amenazó. Fiestero, tranquilo,
siguió a mi lado mientras nos alejábamos. Toda esa semana me tocaría ir en
bus y apenas era lunes. El martes, la misma historia, pero otro perro
se unía a nuestro agresor. Igual el día siguiente, sólo que está vez,
al ser tres los bravucones se nos acercaron más. Sabía que no debía
correr y mientras pudiera ser el escudo de Fiestero, no me importaba.
Qué hacía él, cuando regresaba sólo. No lo sé, nunca lo vi golpeado.
La
situación se ponía difícil y no podía cambiar el recorrido. Estaba en
parciales y tenía que asistir al colegio. El jueves tomé mi bolsón y
me escabullí del perro.
Satisfecha iba, porqué él se había quedado,
cuando escuché patas en la tierra. Era Fiestero corriendo para
alcanzarme, pero no estaba sólo. Por primera vez, los demás perros que
se habían regalado en la granja lo seguían, Negra, Canelo, Negro y Mocho
(los que eran de los trabajadores no asistieron).
La cuadra de los
abusones era la siguiente. Traté de que se regresaran, pero ellos
adelantaron su paso. Entonces intenté alcanzarlos. ¡Los dos grupos
caninos ya se enfrentaban! No de manera física, sino con ladridos,
amenazando con posturas y gruñidos. No pasó a más, el alborotador
inicial se hizo para atrás y sus amigos lo siguieron. Fue la última
vez que nos amenazaron.
Al regresar de los estudios, todos los
perros estaban en casa, se les notaba una mirada triunfal. Pero la
verdad tuvimos suerte, buena y mucha.
Leo lo que escribo y yo misma
no puedo creer lo que pasó. Reviso la anécdota, para quitar cualquier
exageración y me doy cuenta que en todo caso omití describir el miedo
que tuve.
El grupo de perros, murió con los años por vejez. Me
enseñaron mucho y gracias a ellos logré adaptarme a un lugar en el que
no deseaba vivir.
Siempre recordaré que la tarde anterior
al enfrentamiento, vi a Fiestero compartiendo más tiempo con los demás
perros. Casi diría que secreteaba. ¿Cómo les dijo a los otros que
quería ayuda? ¿Hasta dónde llega la comunicación canina?
Los
amantes de los perros, por ser observadores de estos, siempre expresamos
lo inteligentes que son, pero limitamos esa inteligencia a referencias
humanas.